AUTOBIOGRAFIA

Rafael Fuentes©2019

se vale saludar o corregir gazapos: soundtrack@sympatico.ca


 

 

11.16.19

 

177. Wop bop a loo bop a lop bom bom

 

A los nueve años tuve una visión

Choque eléctrico

Boca abierta

baba caída.

 

Venía del colegio

y

a una cuadra de distancia

oí el ruidajal.

Seguramente don Alfonso andaba briago otra vez y le propinaba una paliza más a la señora

O el Negro Jesús  jaripeaba el caballo bruto en el corral

O los andaluces de la esquina tenían fandango

O Don Pepe tiraba al blanco con la 45 alborotando perros y gallinas

O Doña Nacha mataba el marrano mayor y ponía de nervios a los veinte gatos callejeros que protegía.

 

Había un grupo de curiosos a la puerta de mi casa.

 

—Tu tía Irma regresó de Colobrado.

 

—Colorado, menso, está en Estados Unidos.

 

—Como se llame, y trajo dos gringas y tienen el tocadiscos a todo volumen.

 

—Tu abuelita anda de compras. Si las cacha las mata.

 

No la mataría: Irma era la consentida, la menor, la artista, la que iba al Colegio Americano, hablaba perfecto inglés  y tomaba clases de flamenco con la famosa Pilar Rioja orgullo nacional y torreonense. Los abuelos habían invertido mucho en su talento y a los catorce la inversión parecía redituar bonito. Vivaracha, alegre, bromista, era el cascabel de la familia. El día de su santo, Santa Elvira, su segundo nombre, se celebraba también mi cumpleaños, por lo que había siempre dos piñatas en el corral el veinticinco de enero, lo cual causaba conflicto generacional. Los chiquillos corríamos por el corral jugando a los encantados, a la roña o robando dulces de la despanzurrada piñata ajena.

 

Parecía que la casa se venía abajo

Los diez canarios en la jaula aleteaban nerviosos

El Moro ladraba histérico

Gritos y tambores

piano endemoniado...

 

Antes de ir a la sala me detuve en la cocina a tomar un vaso de Kool Aid del refri. La Cocacola es para ricos, opinaba la abuela Los cristales de la ventana vibraban con el bajo y el bombo.

 

I got a girl name Sue

She knows just what to do.

 

Las chicas reían como tontas, bailando el rock and roll, muy bien por cierto, y diciendo sabe Dios qué cosas en inglés.... Más que oía, más que me gustaba el gritón. ¿Quién era ése loco fantástico?

 

I rock to the east

She rocks to the west

She is the girl

that I love the best.

 

Entré en la sala. Irma y las dos gringuitas —después de todo no eran coloradas como había imaginado—, voltearon a verme. ¡Ese es Fito mi sobrino! -gritó la tía.  Las chicas se lanzaron a besarme como si me conocieran de siempre. Una de ellas, la rubia, me besó casi en la boca y me estremecí, sentí bonito, me enamoré a primera vista, justo cuando el loco cantaba:

 

Lucille, please come back where you belong

Lucille, please come back where you belong

I've been good to you baby, please don't leave along

 

Bill Halley Greatest Hits fue el primer album de rock que trajo Irma a la casa. Tenía ritmo pero no poseía duende o electricidad. Después vinieron Elvis, Jerry Lee Lewis y Little Richard y finalmente Chubby Checker que llenaría los consultorios de los quiroprácticos  de la época.

 

Tampoco tenía el gusto obtuso. Los corridos norteños que cantaba mi tío el Negro Jesús en la regadera me gustaban y me los aprendí de memoria. De los boleros románticos de los Panchos que las tías mayores adoraban, mis preferidos son todavía Bésame Mucho, Piel Canela, Sabor a Mi, El Reloj... Las polkas de los abuelos eran pegajosas. Rachmaninoff y Tchaikovski, ídolos de mi madre, aguardarían veinte años para formar parte de mi discoteca, cuando los jesuitas me quitaran lo cerril y me sofisticaran el gusto.

 

Fue un domingo en el cine Nazas, durante los cortos del matinée, previos a  la película Godzilla, cuandi vi por primera vez a Little Richard en acción. Los cortos comenzaron con la noticia de las manifestaciones en Cleveland, Ohio, donde se veían confrontaciones de negros –cinco muertos y decenas de heridos- contra blancos, incluyendo la policía. Después vino la reseña de la visita de la Reina Isabel a Latinoamérica. Finalmente un concierto de Little Richard en un bar del Bronx. Gritón, salvaje, todo electricidad; las manos trepidando sobre el piano, alternando con el pie, staccateando como demonio y excitando al respetable.

 

Hubo un eclipse de sol

Las vacas bramaban durante el sacrificio

El monje budista se incendiaba en Viet Nam

Linchaban negros en Mississippi

Luther King tenía un sueño

Un sueño

Un sueño

Los del KKK tenían otro

 

 

Free at last! Free at last! Free at last!

 


 

11.09.19

 

176. Parada en la pared

 

 

La mosca me espiaba

Con todos sus ojos

Peluda

Bigotona

Enorme

Babosa de bacteria

Negra

Nerviosa.

Al volar sonaba como moscardón

Yo espetaba un Do de pecho...desafinado

Finalmente aterrizó en el hombro de la anciana

 

—Cántalo de nuevo.

 

—Dooooooo

 

—¡Casi!

 

Después voló a la cocina. Seguramente aterrizaba en la orilla de la taza de té, que Lucy, mi nueva maestra de canto, me serviría. Hollie, soprano notable, se había ido al norte de la provincia con todo y familia y me dejó solfeando en la loma. Excelente maestra de voz: joven, hábil, inteligente y abierta a todo tipo de alumnos y estilos de música: rock, heavy metal, ópera y coros infantiles.

 

Mi repugnancia por las moscas comenzó en la primaria, cuando la maestra Lolita nos mostró un póster de National Geographic que mostraba al insecto volador, enorme y horrible, con detalle de patas, alas, antenas, hocico y demás, incluida la información detallada sobre su horrible anatomía.

 

A periodicazos me abrí paso en la vida luchando contra éste enemigo de la humanidad.

 

—Solféame esto antes del brake—y tocó ocho notas de intervalos difíciles en el piano.

 

—La la la la la la la laaaaaaa.

 

—Muy bien, Gato, ahora mismo traigo el té y las galletitas.

 

Descorrió las cortinas y los rayos del sol raquítico  de diciembre se escurrieron por el cristal congelado de la ventana de la sala. Sobre el piano había un busto de Beethoven, de plástico, espantoso, seguramente made in China. La sala-comedor eran espacios diminutos, desordenados pero limpios. Las paredes estaban saturadas de fotos antiguas de Sudáfrica, donde había pasado la niñez y adolescencia en la iglesia metodista de su padre; un almanaque de 1965, abierto en diciembre, mostraba el Queen Mary atracando en NY. En la foto de matrimonio Lucy se veía alta, delgada y de mirada inteligente. El esposo, a pesar de ser alemán se veía tímido. El bigotito a la Chaplin no le ayudaba a la causa, pero hacían buena pareja.

 

El empapelado desteñido de la sala y comedor era una repetición de flores azules y violetas que mareaban si las veías por más de un minuto. Los muebles del comedor y la sala eran de caoba, estilo inglés imperial, elegantes, pero si te sentabas en los sillones te tragaban casi hasta el piso. Levantarte era imposible dado que estaban rellenos de plumas de ganso porque en invierno están calientitos y mitigan mi artritis.

 

—Le puse dos de azúcar como te gusta.

 

—¿Mosca incluida?—pensé.

 

Tuve qué haber dicho incluidas porque ya eran dos, siguiendo a la viejita, haciendo curvas y piruetas las muy payasas.

 

—Ya son dos moscas, Lucy.

 

—¿En serio?

 

Comenté que algo estaba mal y que debía llamar a los tipos de control de plagas.

 

—Ja ja—río con sus dientes amarillos y postizos—, ¿te asusta una mosca?

 

—De ese tamaño sí. Y son dos...¡uta madre, Lucy! Ya son tres.

 

—¿Tres qué?

 

—Moscas enormes, Lucy

 

—Ja ja ja, qué imaginación. Toma tu té y cálmate.

 

No Iba yo a poner mis labios en esa taza donde el monstruo alado había puesto su hocico lleno de virus. Fingí beber el Titley y sonreí. Las tres moscas volaban a placer por la casa, ahora en silencio, sin duda por temor a un posible periodicazo.

 

Regresé a la semana siguiente a la clase de canto: horror, además del mosquero ahora la casa olía a podrido. A pesar de sus protestas llamé inmediatamente al equipo de control de plagas quienes encontraron un mapache muerto en la buhardilla. Se había escurrido por la chimenea. La compañía de seguros le pago a Lucy una noche en el hotel mientras desinfectaban la casa.

 

Desgraciados bichos. Los vi sobre cadáveres en la funeraria, en los basureros, en grupo y plaga sobre los algodonales. Buenas para nada, solo para joder la mollera.

 

Un trozo de Serrat para darle simpatía a las odiosas:
 

Vosotras las familiares,
inevitables, golosas,
vosotras moscas vulgares
me evocáis todas las cosas.

¡Oh viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada,
de esta segunda inocencia
quedando creer en nada,
en nada.

Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras noches de estío
en que yo empecé a soñar.

 

se vale saludar o corregir gazapos: soundtrack@sympatico.ca

 


 

 

11.02.19

 

175. KRAFTWERK

 

 

—¿Y qué opinas de Leonard Cohen, Luis?

 

Me miró fijamente a los ojos, esbozó una sonrisa irónica, negó lentamente con la cabeza y después de un breve silencio me dijo muy serio:

 

—¿Conoces la recta que va de Zacatecas a Freznillo?

 

—Claro.

 

—¡Pues así es la música de ese cabrón! Una recta aburrida e  interminable con una voz soporífera que te pone los nervios de punta.

 

Me reí del comentario de Tavira. No le faltaba razón. Cohen hizo del tono recto y el ritmo lento un arte. En Bird on the wire llega a grados catatónicos. Pero aun así me gusta su primer álbum, y mucho. La repetición constante del tema principal funciona en muchos casos:

 

El Canon de Pachelbel

 

El Bolero de Ravel

 

Las arias de Wagner

 

La cítara hindú

 

El arpa veracruzana

 

El violín irlandés...

 

Una espiral infinita que se siente bonito.

 

Punto.

 

 

 

 

En enero de 1984 asistimos a una cena informal, a casa de un cineasta canadiense. Nevaba copiosamente. Después de roer el roast beef y sorber merlot de California pasamos a la sala a los coñaques. Los leños estaban listos, el anfitrión lanzó un cerillo y en un segundo la chimenea chisporroteaba. Tras la ventana continuaba la blizzard haciendo atolladeros de nieve en calles y banquetas. Se dividió la conversación. Las señoras, profesoras, se ponían al corriente de la grilla del departamento de teatro, y el cineasta y yo entramos en el tema de la música electrónica.

 

—¿Qué tipo de sintetizadores usas para tus grabaciones? ¿Yamaha, o Roland? ¿Qué ondas con la novedad de Emulator Systems y su nueva línea de sampling synths? ¿Qué opinas de Kraftwerk y su nuevo álbum?

 

Contesté que usaba Roland y Yamaha y que había vendido el Korg por dinosaurio; que Emulators Systems había revolucionado el campo del sampling pero los precios eran absurdos: sólo las compañías grandes o los rockeros famosos podían soltar tres mil dólares de un golpe. Y al final pregunté: Barry: and... What the hell is Kraftwerk?

 

Enseguida te los presento.

 

Mientras abría la consola del tocadiscos explicó que era un grupo de músicos alemanes que ofrecían  conciertos sentados cada uno con su sintetizador y oprimiendo botones de sequenciadores. Ni guitarras, bajos ni baterías.

 

Subió el volumen de las bocinas Fisher de cien watts y seleccionó la pieza: Trans Europe Express, lo cual espantó de inmediato a las señoras que huyeron, copas en mano, a la cocina.  Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán, comenzó la percusión, que es la base que navega por toda la pieza, sin cambios ni concesiones, brutalmente repetida una y otra vez hasta envolverte en el trance, si tienes oído digital, o enloquecerte, si eres análogo.

 

Hay que tener estómago para apreciar ciertos tipos de arte. No llevarías a tu abuelita a ver una exposición de Francis Bacon, ni a tu tía la monja a ver las pechugonas de Rubens. Para todo hay gustos. Puedo escuchar arias de ópera, pero aguantar el drama entero de dos o tres horas de sopranos y barítonos... no.

 

La canción Trans Europe Express es el sonido de la locomotora como concepto abstracto, pero también existencial y humano. Es destino, fatum, infierno, paraíso e historia. El tren fue la herramienta de Villa durante nuestra nuestra revolución. El que vino de Siberia a Moscú, durante la segunda guerra, cargado de 18 divisiones soldados elite, paró a Hitler en seco y cambió el rumbo de la historia. Los trenes rumbo a los campos de concentración todavía estremecen nuestra conciencia. Todo está contenido en la pieza, en el trance, en el remolino electrónico.

 

El tren va por Europa,

 

cargado de presentimientos,

 

de noche sin luna,

 

de rieles destruidos y vueltos a construir después de la segunda guerra

 

tren de caldera y carbón.

 

Brazos y palas alimentando el fuego.

 

Chimenea bufando humo anti Greta.

 

Serpiente de metal

 

Cíclope nocturno

 

Repleto de pasajeros

 

O víctimas hacia las cámaras de gases

 

Ejecuciones

 

Muerte.

 

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán...

 

Es un Réquiem,

 

un cuadro de Grozz

 

Goya y sus pinturas negras

 

Kahlo

 

El Bosco

 

Munch.....

 

De pronto escuchamos la voz hablada:

 

In Vienna we sit in a late night cafe

 

Trans Europe Express

Trans Europe Express

Trans Europe Express

 

From station to station back to Dusseldorf City

Meet Iggy Pop and David Bowie

 

Trans Europe Express

Trans Europe Express

Trans Europe Express

 

Y continúa la tortura que Tavira hubiera terminado con la destrucción del tocadiscos de Barry, a mazazos y gritos a todo pulmón: SHUT THE FUCKIN’ HELL UP ¡¡¡JIJOS DE LA CHINGADA!!!  Santa ira, santos gritos, como en su obra famosa: Sodoma y Gomorra.

 

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán,

Tatum-tacatán Tatum-tacatán Tatum-tacatán...

 


 

10.26.19

174. Oda al Rio Nazas.

 

Amor:

 

del Amazonas no tenías nada

 

ni el volumen, ni el color, ni la fuerza.

 

Raquítico

 

agrietado

 

Cenizo

 

Triste

 

Cocodrilo escuálido alagartado a lo largo de la comarca bostezando moscas, cucarachas, ciempiés, chapulines...en una palabra: aburrido. Ni agua, ni peces, balsas, libélulas, ranas, nada.

 

Tuve que navegar mis barquitos de papel en charcos y tinas de baño por tu culpa.

 

—¿Y qué querías? Si naciste en el desierto, donde el sombrero se llama güaripa, los mosquitos moyotes, los peseros ruleteros, los birotes pan francés, y los niños huercos..

 

En una orilla del río, el Cielito Lindo, con sus broncas famosas, grupos norteños, mariachis de quinta y putas de primera. En la otra, la procesadora de algodón que se me antojaba iglesia gótica (?).

 

Algún alcalde tonto o despistado mandó construirte un puente... más industrial que estético, seguramente diseñado por un ingeniero mocho, reprimido y abstemio. Orgullo lagunero. Qué Golden Gate, London Bridge, Pont Neuf, Ponte Vecchio ¡ni qué ocho cuartos!

 

 A los cinco, cru el puente para visitar al tío Mundo y familia en Lerdo.

 

A los diez, para ir Gómez Palacios, a la Funeraria de los primos,

 

A los quince para besuquear a la novia de Raymundo.

 

y a los diecisiete, última vez, cuando me fui de jesuita.

 

.......

 

Sobre el Nazas anoté mi primer gol, ¡olímpico!, tiro de esquina, en medio de un terregal endemoniado y varios remolinos, casi tornados, que levantaban cacas de vaca, mierda humana, trozos de adobe y ramas de mezquites.

 

También jugamos ahí partidos de béisbol, aunque salí negado para el bat. Peor para la cachada:

 

¡Bola alta, no le pegues!—gritó el papá de Cachis, nuestro entrenador. Demasiado tarde. Pegué el brinco, y con la punta del bat, como quien golpea una piñata, mandé la pelota al infinito. Mi primer y último jonrón de mi vida

 

En la Wikipedia aparece el Nazas muy orondo: ancho y lleno de vida, bajo un cielo azul imponente, corriendo como gacela entre dos cerros, plenos de vegetación. Una de dos, o importamos agua y una caravana de pipas cruzaron el desierto la vaciaron en el río moribundo; o Dios, o el Bolsón de Mapimí tuvieron compasión del pobre río y ordenaron un segundo diluvio. O la foto es un caso de fake news. Si realmente lleva tanta agua, da pena. Los niños de hoy se la pierden. No tendrán la oportunidad de jugar fut o beis entre terregales exóticos, históricos y excitantes. Ni jugarán guerras con cacas de vaca, ni   coleccionarán piedritas ni ramas de mezquite, ni los urgidos lo usarán de baño (aguantarse es malo para el cuerpo, dicen los expertos)... Oh well, no hay felicidad completa.

 

Fui muy afortunado de vivir un trozo memorable de la historia. Bendigo al poeta coahuilense —¿Sería Diaz Mirón?—que nos obsequió con el poema que describe mi hermosa comarca Lagunera:

 

Cerros blancos y pelones

Tajos llenos de cagada

Una punta de cabrones

Y un calor de la chingada,

 

Amén.

 

 

 


 

 

 

10.19.19

 

173. La Felicidad.

 

Dice el diccionario que felicidad es Estado de grata satisfacción espiritual y física.- Ausencia de inconvenientes o tropiezos.

 

Un cerdo es feliz en el lodazal. El banquero cagando billetes y el político regodeándose en el poder. Ciertamente no hay espiritualidad en ello. El monje en la capilla, ensartado de cilicios, en ayunas y mal dormido, goza de la visión mística Dice el diccionario que felicidad es Estado de grata satisfacción espiritual y física.- Ausencia de inconvenientes o tropiezos.

 

Un cerdo es feliz en el lodazal. El banquero cagando billetes y el político regodeándose en el poder. Ciertamente no hay espiritualidad en ello. El monje en la capilla, ensartado de cilicios, en ayunas y mal dormido, goza de la mística visión divina. Lo cual da cuenta de la primera acepción: espiritual y física. Gachupas de la RAE: pongan una o en lugar de la y... ¡rediéz!

 

Ausencia de inconvenientes y tropiezos como condición de felicidad: otra burrada. Ignacio encontró el verdadero gozo después de un dolorosísimo cañonazo en la rodilla. Ceguera y chipote con sangre le abrieron los ojos espirituales al de Tarso. El Quijote y las Aventuras de Marco Polo se gestaron en prisión. ¿Ausencia de inconvenientes o tropiezos?

 

Felicidad es una actividad de acuerdo a la virtud; el hombre feliz vive y obra bien, nos enseña Aristóteles (siglo IV a.c.)

 

Confundimos placer con felicidad.

 

La felicidad incluye sacrificio, soledad, dolor. Es un estado espiritual. Nada que ver con sacarse la lotería o comprarse un coche nuevo. Buda guardó ayuno, sentado en posición de loto, durante su larga meditación bajo el ficus religiosa. La Madre Teresa encontró la paz entre ancianos y leprosos. Esteban miro al cielo y tuvo la visión de Dios, mientras era apedreado por la muchedumbre.

 

Chomp chomp... para Trump la felicidad es una Big Mac.

. Lo cual da cuenta de la primera acepción: espiritual y física. Gachupas de la RAE: pongan una o en lugar se la y ¡rediéz!

 

Ausencia de inconvenientes y tropiezos, como condición de felicidad: otra burrada de los raescos. Ignacio encontró el verdadero gozo después de un dolorosísimo cañonazo en la rodilla. Ceguera y chipote con sangre le abrieron los ojos espirituales al de Tarso. El Quijote y las Aventuras de Marco Polo se gestaron en prisión. ¿Ausencia de inconvenientes o tropiezos?

 

Felicidad es una actividad de acuerdo a la virtud; el hombre feliz vive y obra bien, nos enseña Aristóteles (siglo IV a.c.)

 

Confundimos placer con felicidad.

 

La felicidad incluye sacrificio, soledad, dolor. Es un estado espiritual. Nada que ver con sacarse la lotería o comprarse un coche nuevo. Buda guardó ayuno, sentado en posición de loto, durante su larga meditación bajo el ficus religiosa. La Madre Teresa encontró la paz entre ancianos y leprosos. Esteban miro al cielo y tuvo la visión de Dios, mientras era apedreado por la muchedumbre.

 

...................................................

 

((((Chomp chomp... para Trump la felicidad es una Big Mac.))))  Trago, luego existo.

 


 

 

10.12.19

 

172. JUEGO DE ESPEJOS

 

El baño tiene espejos en las cuatro paredes. En el de enfrente estoy yo, lavándome los dientes. Al fondo, veo también la reflexión, como en un túnel repetitivo, de innumerables Gatos haciendo lo mismo. Los de los lados me multiplican también ad infinitum. Trucos del espacio imaginario. No en balde los conquistadores cambiaban espejos por oro y los nativos quedaban satisfechos (hombre blanco no sólo feo, también estúpido.)

 

Un espejo muestra la hora correcta:  las 8:00. Los de atrás opinan lo mismo; pero las manecillas de los laterales declaran que son las 4:00.  La zorra dorada del poster se multiplica mirando a la derecha, en unos, a la izquierda, en otros. El título de la foto es SIERRA CLUB o BULC ARREIS, dependiendo en qué espejo lo ves.

 

Durante la niñez solamente veía pelo y frente en el espejo. Tenía que ponerme de puntillas para verme la cara. En la adolescencia, cejas, ojos y boca ganaron terreno;  pasaba horas exprimiendo espinillas, luchando con goma y pelo hasta lograr el copete Elvis, o simplemente posando para chicas imaginarias, sonriendo, haciendo caras interesantes o imitando a Charles Atlas, luciendo mi musculatura imaginaria.

 

—¡Rafael: Otra vez hay gotas de pasta de dientes en el espejo!

 

Usando el de mano me veía de perfil. Pensaba que tenía demasiada nariz y nuca hundida. Las orejas estaban bien, aunque de por sí son horribles; suponía que el enredijo de pellejos tenían que ver con ventajas auditivas. La manzana de Adán me parecía enorme y me hacía verme tonto, entonces decidí abrocharme el botón del cuello de la camisa lo cual empeoró mi aspecto.

 

En el noviciado escaseaban los espejos. Aunque no había mucho qué admirar: pelo de sardo que me hacía más orejón, ojos siniestros producto de mis ojeras draculinas heredadas de mi señora madre. Al menos ella había tenido la ventaja del maquillaje.

 

Los espejos de la pensión Belén, en el barrio gótico de Barcelona eran espantosos, sobre todo el del baño común del segundo piso: cacarizo, sucio de siglos, rajado y mentiroso. Lo último porque mostraba el rostro ondulado y había que encontrar el ángulo correcto para verse  como Dios manda. A veces éramos varios frente al espejo: hippies americanos, trabajadores andaluces, marroquíes, orientales, nórdicos, peinándonos, cepillando  dientes o lavando caras. ¡Coño, pero qué atiborro de moros y cristianos! En mi pueblo andaluz hasta el hotel más rascuache tiene mejores cagaderos.

 

Hoy en día me quedan 38 años de mala suerte. A los diez Hice añicos el espejo de mano de la abuela. Una pieza de antigüedad de la que siempre se había sentido orgullosa. Herencia familiar donde docenas de doncellas de apellido Jacquez habían admirado su belleza. Ovalado, estilo barroco, con dos manitas abriendo cortinas de plata en el frente, y querubines volando en cielo de metal bruñido en la parte posterior. El mango terminaba en una mano delicada y femenina.

 

—Dijo mi abuelita que estás frito porque quien rompe un espejo tiene cien años de mala suerte.

 

La prima Teresa lo dijo con tono lúgubre para molestarme. No supe qué decir. Me encogí de hombros y simplemente dije: me vale. Era cierto, porque después de una semana lo olvidé. Hoy en día tampoco le doy importancia. Además, hubo ocasiones más catastróficas que enfurecieron a la abuela más que el maldito espejo. Como la ocasión de los macetones chinos de helechos exuberantes que rompí al estrellarme con la bicicleta. O los quince canarios que olvidé meter a la sombra del patio y perecieron de insolación en el corral. O la vomitada sobre la alfombra nueva de la sala durante la cena de Navidad cuando me receté la primer borrachera. Otra ocasión, quizás la peor, se dio el día que la abuela me sorprendió jugando al doctor con la vecinita. Ésta ameritaba no cien, sino mil años de mala suerte. Vas a tener que quitarte la ropa, Hermelinda, para poder analizar tu cuerpo. Creo que tienes cáncer en el ombligo.

 

El espejo más terrible que recuerdo fue el retrovisor de mi Datsun cuando vi al autobús, abalanzarse sobre la retaguardia del carro. El impacto nos lanzó en el aire varios metros y aterrizamos de golpe contra el cordón. Baste decir que en lugar de llevarlo al taller, lo vendí como fierro viejo. ¡Lo hizo mierda, jovenazo!

 

Ahora aguardo mi 110 aniversario para librarme de la mala suerte. Treinta y ocho años se pasan rápido si te haces el distraído. Los setenta y dos  se me han ido tan como de rayo que francamente me siento para reclamar y pedir indemnización. No hay derecho: te avientan al mundo, le dan vueltas una y otra vez hasta alcanzar velocidad vertiginosa, lo paran, te lanzan al panteón y asunto terminado.

 

Son chingaderas

 


 

10.05.19

 

171. El Padrino 4.b

 

Cuando la cuenta de banco de Eddy subió a medio millón, su manera de vestir siguió siendo la misma: camisa, pantalón y corbata caqui, zapatos de gamusa barata, sombrero de fieltro tipo Mike Hammer, hebilla de cinturón con una H de plata y un llavero con pata de conejo siempre asomando de la bolsa delantera del pantalón. Combinación entre  pachuco y militar.

 

Hablaba perfecto inglés y viajaba a Dallas cada año a visitar al tío rico, Ben, quien al buscar agua en su rancho, encontró yacimientos petroleros y ahora manejaba un Cadillac adornado con cuernos de toro barnizados de oro puro. Como el sobrino, era también solterón empedernido, aunque dado a la fiesta y el despilfarro.

 

—Su problema es que tuvo suerte. La suerte es como la marihuana, te apendeja y saca lo peor de ti.

 

Eddy era gran amigo de mi tío Jesús, hermano menor de mi madre. Tipos opuestos:

 

Jesús, cowboy; Eddy, boy scout;

 

 El Negro de cheve y tequila, Eddy de limonada.

 

Uno, mujeriego, fiestero y macho,

 

el otro callado, dormido a las diez, levantado a las cinco

 

y a las siete plantado en la zapatería.

 

 Conversaban largo a la vuelta de la casa, en la cantina El Satélite. Chuy sorbiendo Don Quijotes y Eddy duro y dale con las limonadas. Solo uno conversaba, con voz grave, ademanes norteños y carcajadas de barbaján. El otro no soltaba prenda, sonriendo con sus dos dientes de conejo y asintiendo constantemente.

 

—Que dice mi abuelita que dejen de tomar, que la comida ya está lista.

 

—¡Jaras! tráele una limonada a mi sobrino. ¿O Quieres una cheve, cabrón? Ja ja.

 

En mil novecientos cincuenta y nueve tenía yo doce años. En agosto se concertó el día de bautizo de Rogelio, el bebé de una de mis tías, en la Iglesia del Carmen. Emperifollaron la criatura en sedas blancas y un gorrito absurdo que le daba aspecto de cuáquero. Se compraron flores para la iglesia y la casa, cocinaron una olla de mole, otra de arroz y otra más de frijoles. De bebidas: tepache, limonada y un tanque de Tecates flotando en hielo picado. Todo listo y a tiempo...excepto el padrino, Eddy, que no aparecía.

 

—Orita le llamo al cabrón—dijo Jesús, teléfono en mano.

 

Imposible que hubiera olvidado la fecha, dada su puntualidad obsesiva y disciplina de sargento.

 

Al cuarto para las diez cundió el pánico. No había forma de aplazar la ceremonia. Mis tías, mi madre y la abuela se cuchicheaban en una esquina de la sala, lanzándome miradas furtivas que me inquietaban. Al final de la asamblea  la abuela me llamó. Con voz de hada madrina y toda sonrisas me notificó que yo sería el nuevo padrino, que era fácil, que no me preocupara, solo tenía que contestar si a todas las preguntas del cura, durante la ceremonia.

 

Me pusieron el uniforme del colegio

 

Me peinaron con harto jugo de limón

 

Me atiborraron las bolsas de morralla

 

Y salimos todos a la iglesia en dos taxis.

 

El padre Rizo, el que manoseaba niños durante la confesión, fue el oficiante. Las oraciones preparatorias me aburrieron. Al empezar el interrogatorio la primer pregunta me puso los pelos de punta:

 

—¿Renuncias a satanás y todas sus pompas?

 

—¿Eh?

 

—Dí que sí —me susurró la tía

 

—Este....sí.

 

Me sentí para agarrar a Eddy a patadas voladoras. Lo imaginé rumbo a Texas a bordo de un avión, limonada en mano mientras yo me debatía entre infierno y paraíso. Ojalá y se caiga el avión, pensaba.

 

Lo de las pompas y satanás fue lo de menos. A la salida del templo me aguardaba el linchamiento. Docenas de niños histéricos se avalanzaron hacia nosotros al grito de batalla de ¡bolo padrino!

 

—¡Fito! Tu eres el padrino. Lánzales el cambio, pronto.

 

Daban terror. ¡Y de mi edad! Para quitármelos de encima lancé el primer puño, lejos y sobre sus cabezas. El segundo en dirección opuesta para poder subirme al taxi.

 

—¿Tu eres el padrino?—preguntó el chofer.

 

—Sí—contestó mi madre—. Ya tiene doce años.

 

Excepto por Jesús, la familia le quitó el habla, permanentemente, a Eddy, quien inventó la excusa de un ataque de gota que lo había mandado al hospital.

 

—¿Gota?

 

—Es una enfermedad muy fea que les da a los borrachos.

 

—Pero si Eddy no toma.

 

—Pues ya lo dudo. Lo cierto es que ése infeliz no se para en ésta casa jamás.

 

Lo cierto es que meses después se le levantó el castigo gracias a su generosidad. Zapatos gratis para toda la familia fue el regalo de navidad con el que olvidamos su cobardía.

 

 


 

 

 

 

 

28.09.19

170. El Padrino 4

Eddy, el tío político, era idéntico al monito de Mad Magazine. Cara de chiste. Pero de tonto no tenía un pelo.

 

Malo para los estudios, ni siquiera terminó la secundaria. Desde la primaria su especialidad fueron seises y cincos en todas las materias, excepto en conducta y puntualidad, en las que siempre sacó diez. Una vez fuera de las aulas sobrevivió vendiendo zapatos en banquetas y mercados: pantuflas, sandalias de hule, huaraches de suela de Firestone y botas mata-víboras. Al año puso una pequeña tienda, El Caminante, en el centro de la ciudad. Su plan fueron siempre los pobres: Es donde está la lana, Fito. Y la razón es que hay más pobres que ricos. Pregúntale a tus parientes los funerarios dónde está la feria...¡con los jodidos!

 

Compraba zapatos baratos al mayoreo en bodegas de la capital y Monterrey. Su casa apestaba a ule y cuero. Todos los ciartos, incluyendo la cochera, estaban atiborrados de calzado.

 

Tres años después contrató a dos amigos de la niñez y los puso al frente de sucursales El Caminante, en Chávez y San Pedro de las Colonias. Después vinieron Gómez Palacios, Freznillo y San Luis Potosí, además de una tropa de agentes de ventas viajando por toda la república.

 

Abstemio:

 

Ni trago ni cigarro

 

Ni esposa ni mocosos

 

Solo y su alma

 

Solo.

 

Fito: no se te vaya a ocurrir casarte. El casorio es para los pendejos. Si es bonita te hará de chivo los tamales; si es fea tendrás hijos con caras de sapo. Y todos darán al traste con la fortuna que amasaste a sangre y sudor.

 

Venía cada sábado a desayunar a la casa: huevos motuleños, frijoles de la olla, salsa de chile de árbol y arroz chino. Comía metódicamente. Quince masticadas por bocado, Fito, o le pones una tarea canija al estómago.

 

La abuela lo quería mucho, casi como hijo, y siempre que me salía con la cantaleta de Deberias aprender de tu tío, es un lanza para los negocios, yo contestaba que entonces, como él, debería dejar el colegio y dedicarme a los negocios. Venía después un largo silencio y la señora cambiaba de tema.

 

Aunque la cuenta de banco de Eddy andaba en el medio millón, su manera de vestir fue siempre la misma: camisa, pantalón y corbata caqui, zapatos bostonianos, sombrero de fieltro tipo Mike Hamer, hebilla de cinturón con una H de plata y un llavero con pata de conejo  siempre asomando de la bolsa delantera del pantalón.

 

 

Hablaba perfecto inglés y viajaba a Dallas cada año a visitar al tío rico, quien al buscar agua en su rancho, había encontrado petróleo y ahora manejaba un Cadillac adornado con cuernos de toro barnizados de oro puro.

 

(en cuanto al título, El Padrino 4, se aclarará la semana que entra. Ésta fue llena de problemas, viajes, sustos y atarantamientos)

 

 


 

21.09.19

169. Ovni

Como abanico de ilusiones doradas, milagro del maíz, visión celestial de Centéotl, las tortillas viajaban en el aire, alegres, entusiastas y en todas direcciones, como pequeños ovnis. Yo iba con ellas, retando la fuerza de gravedad, el sentido común y la lógica. Mis pies descalzos y el fondo de nubes eran un cuadro de Magritte. ¿No querían Ícaro, Leonardo y Santos Dumont imitar el vuelo de las aves usando diferentes métodos y teorías?

 

No hacen falta alas para volar. Suerte, más bien, sorpresa. En mi caso la fórmula fue sencilla: diez años de edad, un kilo de tortillas y mucha prisa. La niñez es fuente de milagros, compendio entusiasta de realidad y fantasía, y una fe ciega en la existencia de Dios, Batman y el Pato Pascual. La duda existencial duerme en el capullo aguardando la adolescencia, para hacer chilar y medio de los sueños infantiles.

 

El cielo era azul, las nubes blancas y el asfalto hirviente. Era casi la hora de comer y la abuela me aguardaba impaciente sin imaginar que yo volaba, como divinidad hindú rodeado de tortillas mágicas y visiones fantásticas.

 

 Mientras me elevaba pude ver los cerros de la metalúrgica, los techos de los automóviles, las copas de las jacarandas y las gentes, pequeñitas e indefensas, aguardando el autobús o caminando por la Escobedo, que me miraban, sorprendidos e incrédulos.

 

Dos avionetas fumigadoras pasaban sobre mí, rumbo a los algodonales. A esa hora, mi abuelo seguramente estaba en el rancho, en la casa mayor, comiendo su platillo favorito: carne adobada, arroz, jalapeños, frijoles refritos y limonada. Cuando comía, sus mandíbulas movían los músculos de la cara y yo siempre lo miraba atentamente. Tenía una salud de hierro y una dentadura perfecta. Jamás fue a un dentista. Después de comer tomaba una paja de la escoba y limpiaba sus encías. Tres veces al día, religiosamente, cepillaba sus dientes, dientes Orduña, blancos, fuertes y relucientes que no heredé. El odioso genoma Fuentes me dio una dentadura valemadres de dientes pequeñitos y separados, como mazorca de milpa mal cuidada, buenos para nada; de modo que fui, y hasta la fecha soy, víctima de los sinvergüenzas dentistas que me sacaron más muelas que pelos tiene un gato, durante la niñez, y ahora en la vejez me cobran cien dólares por una miserable limpieza.

 

—Jefe—se defendía el chofer—, el chamaco salió volado de la tortillería y no me dio tiempo de frenar.

 

No le faltaba razón. Los niños de barrio, durante la canícula, andábamos de pantalón corto, sin camisa, descalzos, y había que cruzar las calles a toda velocidad para no quemarse los pies en el asfalto. Y ahí estaba yo, atarantado por el impacto, chillando, no por el brazo roto, sino porque me  rostizaba la espalda el pavimento.

 

—¡Los hombres no lloran!—gritó una de las tortilleras entre la multitud de curiosos.

 

Nadie me ayudaba por miedo a dañarme. La ley de tránsito era conocida, al atropellado no se le toca. Todos me miraban con caras bobas, estúpidas, como si observaran un mico de zoológico. Por fin escuché la sirena de la ambulancia seguida del llanto dramático de la abuela cruzando la calle, brazos en alto, gritando su jaculatoria preferida: ¡Jesús nazareno rey de los judíos!

 

Un brazo roto y tres meses de yeso fue el precio del milagro de piruetas de tortillas y el niño que no libró llegar a la banqueta.

 

Hoy en día mi brazo es mágico, pronostica nevadas y tornados, aunque también trae reuma y artritis.

 


 

14.09.19

 

168. Letanía de la Y griega

 

La división del camino

 

La indecisión

 

La incertidumbre

 

El cálculo de probabilidades

 

La muchedumbre de dudas

 

Las escasas certezas

 

La oración

 

La súplica

 

La manada de venados subiendo la colina

 

El carretero de Sayula

 

Las hormigas arrieras en la zarzamora

 

El vals Dios nunca Muere

 

La caravana de beduinos

 

El acorde de La

 

La pataleta y el entierro

 

El guardavías de Wichita

 

El panal lamido por osos y mariposas

 

La luna ahogada entre nubes

 

La estrella de la mañana

 

Manolete y el paso de pecho

 

El Hotel Condesa y el Mundo Raro

 

La veintidós bajo la almohada

 

La cuarenta y cinco a la cintura

 

El hueso de pollo en el cogote

 

El torniquete de piernas del Viudo

 

El rock de la cárcel

 

Los cerros colorados

 

El Camarón de la Isla

 

Las abuelas de mayo

 

La Luna de octubre

 

Las alucinaciones del bisabuelo

 

El cigarro enamorado de los labios

 

El Blue Parrot

 

La espalda de San Cristóbal

 

Las pesadillas del Moro

 

La corcholata en la Pepsi

 

La Vida Inútil de Pito Perez

 

Los bigotes de Villa

 

Y yo: en la Y griega,

 

sin pros ni cons porque no tengo idea a dónde conducen las dos veredas. Fork, le llaman los gringos. Melón o sandía, los niños.

 

—¿Quiere café o té?

 

—¿Vamos al cine o a los toros?

 

—¿Revueltos o estrellados?

 

—¿Primera o segunda clase?

 

—¿Con boquilla o sin boquilla?

 

¡Tan poca cabeza y tanto qué decidir! Y el estúpido diccionario que nunca me saca de dudas como de costumbre y ahora confunde el culo con las cuatro témporas:

 

Decisión, 1: resolución o determinación acerca de algo dudoso. 2: firmeza de carácter.

 

O sea que la misma palabra implica duda y firmeza. ¡Esos sabihondos de la RAE! De qué me sirve la definición si no me ayuda en la decisión. Dijo Mr. Kempis: prefiero sentir que definir. En la Y griega, el sentimiento -la latida- ayuda más que el raciocinio, sobre todo si no vislumbras nada y los horizontes te tapan el futuro.

 

Dame la luz o la antorcha aunque me queme la vista

 

Y el Manco de Lepanto me dio la mano

 

Santa Cecilia sus ojos

 

Ignacio su rodilla

 

Pedro sus Lágrimas

 

Rocinante el trote

 

Bucéfalo el relincho

 

La Gioconda su escote

 

Carranza sus anteojos

 

Y Huerta su cognac.

 

Y no sé si voy o vengo porque traigo los ojos en la nuca, las palabras atoradas en el pecho, el sentimiento hecho trombosis en las venas y la brújula al fondo de la alforja completamente oxidada.

 

Las gárgolas de Notre Dame tienen hipo

 

El Pípila alondiguitis

 

Jesse James parkinson

 

La Venus del Milo, un resfriado

 

El Charro Avitia, afonía

 

Y yo:

 

Sigo en la Y griega.