AUTOBIOGRAFIA

07.20.17

160. El Sotolazo

 Esa no porque me hiere,

gritaba el borrachito

pero la banda seguía tocando.

¡Que esa no porque me hiere, carajo!

 

Le hería el recuerdo de una mujer.

Tomaba para olvidar

pero el amor ya no era medicina,

sino veneno,

y la luz no disipaba tinieblas,

lo encandilaba.

 

José Alfredo la había compuesto

En el hotel Condesa de León,

jugando billar con sus amigos:

Cuando te hablen de amor...

 

Y ahora la canción,

como asaltante por la espalda,

la cartera o la vida,

le ensartaba la daga del amor perdido al borrachito:

 

 ¡Más sotol!

¡Más sotol, dije!

¡Qué como chingaos que no!

Que no estaba borracho

Que pagaba impuestos

Que tenía derechos

Que su dinero valía

Su chicharrón tronaba

¡Más sotol!

o armaría un desmadre.

 

Zabludovski le preguntó a José Alfredo, en el Hospital Inglés, cuando la cirrosis ya lo empujaba a la tumba:

 

—Tuviste una vida intensa, José Alfredo... si volvieras a nacer ¿qué cambiarías?

 

—Absolutamente nada Jacobo.

 

Una semana después murió el compositor.

 

El borrachito engulló el último sotol, miró al cantinero con ojos de vidrio, después a las mesas repletas de clientes, y gritó a todo pulmón: ¡Chiien a su maaaa tooos cbrones! Caminó en eses y zetas inseguras hacia las puertas de doble hoja y de un gulp se lo tragó la noche, mientras tarareaba, desafinado y triste:

 

Si te acuerdas de mi no me menciones...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

07.13.19

 

159. Canícula

 

 

Durante el verano las hormigas trabajaban como locas

en el corral.

Actividad frenética en doble fila de ida y vuelta.

 

Dos amigas o amantes,

se detienen por un segundo,

tocan antenas:

 

¿Cómo va  la vida?

 

Trabajando duro, como los ingleses, para su majestad. Esta semana me han designado la jacaranda de la vieja loca de la esquina. Las hojitas refrescan, ¿sabes?

 

—¡Uta, esa ruca riega la banqueta varias veces al día y enloda los caminos! Es gachupina, ¿no?

 

—Sí, claro, canta todo el día La Zarzamora.

 

—Lo sé, es fanática de Sarita.

 

 

Sólo dos veces me picaron,

en las ingles y en un brazo.

Mi madre aplicó sal al gusto

para contrarrestar el ácido fórmico.

Al día siguiente,

en un acto de rabia,

pisoteé el hormiguero hasta borrarlo;

después, con la escoba deshice la caravana

que descendía en fila india de la pared del templo protestante, nuestro vecino trasero.

Les inundé la colina, el hoyo de entrada

y rocié todo con veneno de ratas.

 

A los dos días regresaron más activas que nunca

como si nada. Pero marcamos territorios: no las molesté más y ellas no me volvieron a picar.

 

Los veranos eran infernales:

Las calles hervían,

exhalaban vapor,

se derretían como chicle.

Los radiadores de los coches babeaban óxido y agua,

los abanicos ronroneaban en sala y recámaras día y noche.

El salón de clases apestaba a pipí y sudor de niños aburridos y somnolientos mientras la señorita Lolita, con su eterno nueve por nueve ochenta y uno, se limpiaba el sudor con un paliacate azul y continuaba con la estúpida aritmética.

 

 

La Cruz Roja no se daba abasto asistiendo a viejitos insolados.

El sol encandilaba, cegaba, exprimía.

El vecino, panza repleta de Tecate y Don Quijote frías, mentaba madres a todo pulmón y propinaba palizas a la esposa: ¡Otra vez quemaste los frijoles, pendeja!

Los pájaros en la jaula del patio sacaban la lengua y se miraban unos a otros como tontos.

Corrían todos a la calle al sonido de la campana del carro de paletas:

Tranquilos y hagan cola—Ordenaba el flaco larguirucho de bigotes de morsa mientras abría la tapa de la hielera.

 

—¡Abuela! ¿Me das un veinte para una paleta?

—¡Noo! El conge está lleno de cubos de todos sabores.

 

Odiaba sus paletas Kool-Aid en la bandeja de hielos con palitos rehusados, hundidos por todos lados. Me enfurecía la cantaleta del ahorro familiar. Hasta para limpiarnos el rabo se discutió la posibilidad de usar  papel periódico. Gracias a Dios la iniciativa se canceló casi de inmediato.

 

 

Si julio era cabrón

Agosto era hideputa.

Lumbre,

hervidero de moros y cristianos.

 

Las albercas quedaban muy lejos,

el aire acondicionado era muy caro,

la tina de baño era un desperdicio de agua

y las piscinas inflables eran para niños ricos.

 

Una tinaja grande de peltre

—Donde Lomas sangraba los cabritos—

se instituyó como mi centro refrescante de verano

durante los días endemoniados de canícula.

Me entretenía jugando con barquitos de papel...

Retrasado mental a los siete.

 

El Moro, peludo y modorro,

se tiraba en la sombra del patio,

bajo los helechos, envuelto en pesadillas que lo hacían gruñir toda la tarde.

La abuela lo bañaba los sábados,

con manguera de presión para remover pulgas y garrapatas.

Después del baño el pobre olía peor...a hule quemado, a vulcanizadora.

 

Así pues,

Las únicas que gozaban de los calores

eran las hormigas:

a más infierno más gozo,

ir y venir,

trepar paredes y árboles,

Cerros, desiertos, calles, patios,

en fila india,

en caravana fórmica y formidable,

monárquica

interminable

eterna

brava.