AUTOBIOGRAFIA

18MAYO19

 

151 La Capirucha

 

Los recuerdos viven en el subconsciente: un dormitorio enorme, barraca de ejército o internado donde han sido relegados a dormir el sueño de los justos porque ya vivieron su momento. Los imagino como personajes de Rulfo, donde más que existir, reposan, aguardando la llamada a escena, cuando su creador les da un pellizco y vuelven a revivir el pasado.

 

Los niños casi no tienen recuerdos porque son los años y el tiempo quienes los acumulan. La mente infantil se acuerda del día anterior: la paleta de limón, el juego de bebeleche, la maestra de kinder dando órdenes, la mamá horneando un pastel. La vida es simple y los recuerdos sencillos. Cuando sufren experiencias traumáticas, como el piquete de alacrán, el chipote y el tropezón, las orejas de burro en el colegio, las imágenes regresan por la noche en forma de pesadillas. Después se encierran en un sobre oficial, se archivan en la memoria y obtienen el sello y status de recuerdos. Años después pueden regresar y causarnos risa o estremecernos con el temor original.

 

Si eres recuerdo más te vale no ser esclavo de un olvidadizo. Te pudrirías en la barraca de por vida. Algunas gentes producen menos memorias que otras. Tengo amigos que casi no sueñan y cuando lo hacen son puras estupideces. Soy del grupo de  los afortunados que viajan por las noches a diferentes lugares, tiene interesantes aventuras, en cinemascope y technicolor , con olores y sabores y en stereo. Verdaderas películas de humor, drama y, que le vamos a hacer, en ocasiones, de terror, pesadillas espantosas como la del sapo gigante, la caída del caballo aquella madrugada, el doble piquete de alacrán en tobillo y muslo, la madriza que me arrimó el Mongol, el perro que atropellé por accidente en la carretera Mex-Acapulco, el castigo de mi primer borrachera a mis quince, etc.

 

Los recuerdos cargados de remordimiento son especialmente molestos. Decisiones mal tomadas, rabietas, aceleres, amores frustrados, malos negocios. Y es que mi vida hubiera sido completamente diferente si he tomado otras direcciones. Digo diferente porque no tengo la certeza de que hubiera sido mejor o peor. El corazón fue el culpable de éstas situaciones la mayoría de las veces. Con la inclinación a apegarse a los temas al amor y las pasiones, me metió en unos líos tremendos

 

La edad les va quitando lo picudo. La vejez es un estado de gracia que analiza, sopesa y  pone el pasado en perspectiva. Esa juventud y su divino tesoro hizo tantas pendejadas que ahora tengo que revaluar, analizar y  mandar el legajo a la tremenda corte de Tres Patines y esperar el veredicto del señor jué. Tomen en cuenta que a mis veintiuno, después de cuatro años de vivir el eremitismo comunitario del noviciado jesuita, me soltaron como a pitbull ganoso a la animada, densa e interesante población del DF (Odio eso de CDMX. ¿Qué, ahora tengo que decir CHTM para mentártela?).  Una vez que arribé a la región más transparente -que entonces sí lo era-, me deslumbré con la vitalidad de la urbe: las chicas guapas, los tacos al pastor, las enchiladas suizas del Vips, las Calabazas de Diego de Rivera, el empedrado de San Ángel, el Bazar del sábado, los capuchinos del Sanborns, las donas del Donidonas, los camarones del Hipocampo, las nieves de Coyoacán, la música de Radio Universidad, la Alameda, los Tamayos de Bellas Artes, los venddores de la lagunilla, los mariachis de Plaza Garibaldi, Las paellas del Baturrillo, el Museo de Antropología, el de Arte Moderno, Tenochtitlan, Teotihuacán, Cocoyoc, Cuernavaca...

 

De los embotellamientos ni me acuerdo. Tampoco de los cüicos que exigían mordida, ni el smog. La capirucha de los setentas fue mi paraíso terrenal.

 

 

 


 

 

 

11MAYO2019

 

 

150. WICHITA LINEMAN

 

Como el guardavías de Wichita, el conductor del teleférico de Montserrat merece una canción. Lo he pensado varias veces pero no me he lanzado a la tarea porque siempre se atraviesan  proyectos y distracciones, además que no me gusta forzar las canciones. Esos cantautores que exprimen la inspiración con cualquier excusa y componen odas al bistec, la quiniela, las paperas o el excusado, realmente me parecen absurdos. Mi método es aguardar el momento, tener ganas. Mendigar migajas a la musa no es plan. Cuando llega lo sabes, lo sientes, buscas la guitarra, los acordes, la melodía, y poco a poco la vas descubriendo. Pero no la fuerzas. La única excepción a esta regla fue el teatro, donde el director es quien manda y los demás, incluyendo el compositor, obedecen. En el zoológico escénico hubo de todo: directores que daban ideas generales para la música y tenías libertad de decidir notas y letras. Otros eran más concretos y explicaban detenidamente cómo querían las oberturas, entradas, salidas y estilo de canciones. Ahí sí exprimí la musa.

 

Catalán de pura cepa, Feliciano Girbau era el operador del Aeri, como le llaman al funicular en esas tierras.  Bajito, viejo y robusto, con dos arrugas profundas en cada mejilla y tres en la frente, tenía ojos de verdes de lince, manos enormes, toscas y voz rasposa, grave. Su padre había sido coronel franquista, pero Feliciano ahora se declaraba ateo, liberal y ciudadano del mundo. 

 

-Coño! -me dijo la primera vez que subí al funicular-, ¿Qué,  te vas a quedar a vivir en la montaña o qué diablos?

 

Nos reímos. Y es que llevaba la mochila repleta: ropa, discos, libros, quenas, bongos, comida, vinos, y como como corona: la guitarra en su estuche. Parecía pajarero. El peso de esa carga había sido la causa del menisco aplastado en la autopista Madrid-Barcelona, pero no escarmentaba, o mejor dicho, no tenía opción; como buen hippie estaba dispuesto a sufrir las consecuencias de mi condición de vagabundo.

 

Era temporada baja de turismo y yo era el único pasajero. Con capacidad para cuarenta personas parecíamos dos chícharos en olla presto. Yo era malo para las alturas pero dado que odio los autobuses, el teléferico era la única alternativa.

 

Feliciano me soltó el rollo que recitaba a los turistas: que el Aeri había sido construído por Adolf Bleichherr, compañía alemana de Liepzig en mil novecientos treinta; que solamente en dos ocasiones se había interrumpido el horario de servicio durante la guerra civil y en 2008 cuando se se desprendió parte de la montaña y se cancelaron viajes de autobuses, se evacuaron turistas y monjes y, después de un mes se reanudó el servicio, — Coño que me sentí perdido sin subir y bajar la montaña—;   que el filopoyas de Himmler había visitado el convento durante la guerra porque tenía la certeza que los monjes escondían el Cáliz Sagrado, que era propiedad de Alemania y exigía acceso a los documentos secretos del convento. —Vaya idiota—interrumpió de nuevo—, el caradura se sentía en su propia casa solo porque era amigo de Franco. Pero el abad lo mandó a tomar por el culo y no lo dejó pasar ni a la hospedería... y para de contar, que ahí terminó la visita.

 

El funicular ascendía. La voz del operador se fue apagando y el póster de la montaña sobre las nubes, en la estación de trenes de Barcelona, regresaba de nuevo a cerciorarse de que había escuchado el llamado. La palabra e imagen de Montserrat había estado siempre asociada al caballero de Loyola velando armas frente a la Virgen Moreneta. Ignacio, quien por lo visto no me dejaba en paz. Había decidido mi destino en el cruce de vías, apenas unas horas antes y el vértigo de la altura y lo desconocido me estremecía. No me preocupaba el futuro. Sabía que una fuerza superior me atraía, y me dejaba llevar, me dejaba llevar.

 

Y una vez más, como el guardavías de Wichita le dije a Dios:

 

"And I need you more than want you. And I want you for all time.

 

And the Wichita Lineman is still on the line".